jueves, 26 de agosto de 2010

Menos retórica más acción


Solemos rasgarnos las vestiduras cuándo hablamos de desplazados, refugiados y víctimas de la violencia colombiana, afirmamos con vehemencia que todo es culpa del gobierno, del Estado y de los grupos armados ilegales que les han quitado todo, adicionalmente sostenemos que este problema social es uno de los más complicados que tiene nuestro país.

Sin embargo, cuándo de dar soluciones se trata, estamos sesgados, ciegos y hasta cortos de entendimiento, pues todas nuestras posibles alternativas para darle fin a este inconveniente, tienen como subtexto la doble moral tan típica del "país del sagrado corazón", porque queremos ayudarlos para que vuelvan a vivir como la Constitución Colombiana lo indica en sus mandatos, pero pretendemos que lo hagan lejos de la ciudad, e incluso del barrio dónde vivimos por aquello de la imagen.

En este punto, hay que establecer diferencias entre desplazado, reinsertado y víctima de la violencia, ya que aunque todos éstos tienen el origen de sus problemas en la guerra, sus comportamientos, acciones e ideologías marcan una serie de distinciones entre unos y otros.

Si nos referimos al desplazado, debemos aclarar que ser campesino en un país como Colombia es como vivir en un infierno en el que no pidieron estar; no es elección, es obligación, y en el momento que este grupo de personas ven la violencia en primera fila, tienen dos opciones o se van de su tierra o mueren, es así de simple y complejo a la vez.

Deben marcharse de su tierra, con heridas físicas y emocionales, no tienen siquiera tiempo para meditar en la recuperación de éstas, porque deben pensar en el lugar al que llevarán a su familia, se preguntan constantemente de qué van a vivir, si realmente lo único que saben hacer es trabajar con la tierra y no con la selva de cemento, a la que posiblemente llegarán.

En ese caso ¿Cuál es la reacción de los ciudadanos ante estos campesinos? la respuesta es simple y patética: NINGUNA, es que realmente no nos pasa nada, incluso los confundimos con otro grupo de indigentes más, aunque de alguna forma es justificada esta actitud, pues a los capitalinos se nos enseña que o somos indiferentes o esta selva de cemento nos come vivos.


Si esto es en todos los casos, entonces de ¿qué nos sirve rasgarnos las vestiduras? si no movemos un dedo para siquiera pensar en la mejor forma de ayudarlos, la solución utópica es que no tuvieran que irse de sus tierras, pero como esto es imposible, entonces al menos deberíamos trabajar y no sólo el gobierno, sino también cada miembro de la sociedad civil, por apoyar sus conocimientos sobre la tierra y promocionar cualquier intento de proyecto productivo que se tenga, no les regalemos nada, no los conduzcamos a ser un grupo de limosneros más.

Ahora que si hablamos de los reinsertados, la situación se complica aún más, pues éstos por razones varias deciden salirse de la guerra después de haber causado el suficiente daño a una sociedad que ha vivido más de sesenta décadas en un conflicto que ni siquiera pidió vivir, sin embargo, con estas personas el trabajo debería estar basado en una reconstrucción social y psicológica, porque al igual que los desplazados son campesinos que por miedo, amenazas, quizás comodidad o falta de oportunidades, "decidieron" cargar un fusil para generar respeto y de paso, tener unos pesos en sus bolsillos.

Nuevamente aquí viene a colación el doble moralismo tan común en esta sociedad, porque afirmamos con vehemencia que se necesita una re socialización y educación para estas personas, pero los queremos tener lejos de nuestros hogares y ciudades (argumento que se entiende a la perfección), sin embargo, al pensar en soluciones para los reinsertados no podemos pensar en alternativas utópicas, sino analizar que ellos necesitan incluirse en nuestra entorno para que vuelvan a la vida, sin exclusiones.

Como conclusión, se hace necesario que la sociedad deje de atribuirle al gobierno y al Estado (que somos todos), la responsabilidad de otorgar oportunidades REALES a un grupo de personas que aunque queramos negarlo con la doble moral, también son colombianos y quizás más víctimas que los que solo vemos las noticias frente al televisor y nos desgarramos las vestiduras.