domingo, 20 de enero de 2013

Los gritos me salvaron

Tuve que esperar varias horas para poder escribir este post sobre una situación que tuve que vivir anoche, me negaba a hablar pero recordé que una de las razones por las cuales hice este Blog era para poder compartir experiencias, así que me decidí a hacerlo.

Pues bien, ayer a eso de las 8 p.m. luego de volver con mi padre de una reunión familiar, quise salir con él a tomar algo en el barrio Galerías de la ciudad de Bogotá, para llegar allá decidí irme a pie (siempre lo hacía) y empezamos a caminar por los alrededores de la Clínica Palermo, sector donde vivo. De pronto, sentí a mi padre intranquilo pero la verdad no me fijé, la razón era simple estaba dando 'papaya' hablando por celular y luego chateando.

Cuando de repente en una esquina, como dos cuadras antes de la 24 con 46, salieron dos tipos en una moto e inmediatamente lo sentí, algo iba a pasar, uno de ellos se bajó y fue directamente a mi, lo único que mis oídos escucharon fue: "Quietos YA y pase el...." el resto son solo fragmentos de palabras cortadas, por unos segundos miré a mi papá cómo si le preguntara que íbamos a hacer, pero realmente lo único que tenía claro es que mi iPhone no me lo iba a dejar quitar, suficiente esfuerzo me había costado obtenerlo.

Con mi papá nos entendimos en cuestión de segundos, porque él inmediatamente se hizo un poco para atrás y yo me bajé a la calle, de pronto los dos al tiempo empezamos a correr y a gritar: "Auxilio nos quieren robar, auxilio" yo no sé de dónde saqué fuerzas para correr, porque las piernas me temblaban, mi cuerpo no respondía, etcétera, pero el instinto fue superior.

Cuando volteé a mirar esa moto ya no estaba, se habían perdido en cuestión de segundos, no sé cómo no se me ocurrió pensar que podían agarrarme, hacerle algo a mi papá, pero todo en esos minutos fueron impulsos.

Al llegar al parqueadero de la Clínica Palermo, un señor que vendía dulces salió a preguntar qué pasaba, yo ya no podía hablar, las piernas me temblaban, mis manos parecían un tornado, no podían quedarse quietas, tenía el corazón a mil, solo una cosa pasaba por mi mente: "Por favor que no me vaya a dar una convulsión, porque para rematar este tipo de situaciones pueden desencadenar un ataque".

Al volver a casa mi papá tuvo casi que llevarme, yo no coordinaba los pasos y pasó un buen tiempo para que mi corazón volviera a su ritmo normal. Hoy, domingo no quise salir, pensar en las calles de Bogotá me daba desespero, pavor y angustia, pero mi padre insistió que en muchos aspectos ya les habíamos ganado pero que este era el principal, no debíamos vivir con miedo, pues ese sentimiento es el arma más poderosa con la que ellos cuentan.

¿Cómo me siento? Ya estoy mucho mejor, por lo menos, pude salir y no experimentar tanto miedo, sin embargo, me da dolor pensar que Bogotá está paupérrima, triste, desoladora, etcétera; definitivamente fuimos afortunados, no sé si fueron mis gritos o la complicidad con mi papá, quizás eran unos inexpertos, en fin, pero si tengo claro que no contaban con esa reacción.

Así que aprendí dos lecciones: 

1. Pase lo que pase no se saca el celular en la calle, todo puede esperar. 
2. Anoche me salvó ser impulsiva y no dejar que triunfara el mal.

Todavía hay miedo, pero el show debe continuar.

miércoles, 9 de enero de 2013

Bajo la ley del hampón y la policía jugando a ser ruda

Las quejas hacía la Policía Nacional en realidad hace un tiempo dejaron de sorprenderme, pero nací en esta ciudad por eso me resisto a creer que debamos entregar a la ley del ladrón, es decir a aquella en la que solo debemos confiar en la suerte, porque realmente se volvió una muy buena suerte que no nos roben, ya no importa si damos papaya o no.

No importa donde esté siempre hay un amigo que me cuenta que lo asaltaron, que la policía vio a los delincuentes pero los soltaron, que en TransMilencio se subieron a robar y que la policía veía como se colaban al sistema, pero por supuesto siguieron jugando con sus celulares, etcétera.

Pero la historia que les contaré a continuación me parece risoria, ilógica y hasta ridícula, pero pues esto es la Bogotá Humana ¿verdad?

El pasado 23 de diciembre en Bogotá un señor que trabajó para el Estado decidió salir a caminar por las calles de esta ciudad y tuvo la mala suerte de encontrarse con unos atracadores, cuando éstos se disponían a sacarle sus respectivos cuchillos, apareció la policía y éste se dirigió al CAI para poner la denuncia. Pero ¡Sorpresa! no había ningún policía allí que le recibiera su relato.

¿Qué creen que sucedió? El señor que iba a ser víctima de atraco lo montaron en un camión con los mismos atracadores y otra serie de personajes, la policía empezó a decir que este señor era muy irrespetuoso y mentiroso, así que empezaron a darle bolillo. 

Pero la parte risoria inicia aquí, ya que en este mismo medio de transporte le quitaron todas sus pertenencias; hubiera sido mejor que lo robaran en la calle sin la genial ayuda de nuestra policía nacional. Cuando llegó a la UPJ (Unidad Permanente de Justicia) no quisieron darle una orden o un recibido de todas las pocas pertenencias que le quedaban y que estaba entregando, ahí se percató que tenía que pagar por una cobija, llamadas, comida, etcétera.

Esta hombre pudo salir el 24 de diciembre pero como si fuera poco, nadie quería devolverles sus pertenencias, los hijos abogados le recomendaron no demandar por este atropello, sin embargo, éste no aceptó y tiene todo el caso preparado para presentarlo al Alcalde de la ciudad. 

Adicionalmente, como tenía morados y golpes de tanto bolillo que le dieron los policías, se dirigió a los entes encargados, pero éstos mismos le daban vueltas y vueltas para no decirle a donde debía ir ni los procedimientos a seguir, hasta que alguien muy debajo de cuerda le dijo lo siguiente: "A usted lo están enredando para que con los días se le pasen los morados, vaya a Medicina Legal".

Así que hizo caso y está listo para denunciar como se debe. Quizás el final de esta historia sea el mismo y se salgan con la suya, pero sin duda, la reflexión que nos deja esta historia es que estamos a la deriva y la capital de la República desde hace mucho se convirtió en la comida de los ladrones y mientras tanto la Policía sigue jugando con celulares, coqueteando, desvistiendo mujeres con la mirada o durmiendo en las sillas del TransMilenio y no propiamente en la silla roja.